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jueves, 30 de octubre de 2008

EL FOLLETIN DEL MOLINO DE LA LUZ... VIEJA

Cuando los azules funcionarios de la corporación tuvieron conocimiento de que los mozos más rebeldes de la plataforma subversiva en defensa de la luz vieja habían editado un folletín, advirtieron a la población de las graves consecuencias que aquello tendría para la tranquilidad del municipio. La situación política estaba deteriorada por los altercados de las gallinas. Las aves de corral tenían un extraño comportamiento desde que se inauguró el alumbrado público, los vecinos lo justificaron ante el gobernador en una de sus visitas. - Con tanta claridad los animales no distinguen el día de la noche, no hay manera de encararlas hacia el corral al oscurecer-. Aquellos jóvenes eran unos degenerados, que poca decencia, editar un folletín para tratar de preservar los últimos latidos de la luz vieja. El viejo molino, la fábrica de la luz, era un lugar misterioso, en declive, de donde salía un grave rugido en forma de lamento producido por unas grandes turbinas grasientas. El agua bajaba por un tubo donde los mozos prematuros se deslizaban poniendo en grave aprieto sus partes más nobles. Por la entrada de atrás del molino, donde estaban las maquinarias ensobinadas que producían la luz, brotaban en primavera deliciosas fresas silvestres que Miguel Olivares guardaba con esmero para el cabo Fernando Severo, al que gustaba degustarlas con monotonía acompañadas de unas gotas de aguardiente carrasqueño, un manjar tradicional del que hacía todo un rito. el cabo conocía muchas frutas exóticas y varias mezclas, algunas como las fresas remojadas son todavia recetas endémicas. En los días más crudos del invierno, cortos y escarchados, el sosiego se respira en estas tirras sobrias donde el transcurrir del tiempo no desprende nada nuevo, nada que no esté impuesto por los avatares de la climatología, tan loca como siempre. La luz vieja era tenue, se intuía en la lejanía, desprendía leves destellos anaranjados que se difuminaban envueltos por la oscuridad. La luz vieja pintaba las nevadas de amarillo y adornaba las callejuelas con su permanente parpadeo. El agua llegaba por una gran acequia, bajo los nogales que la bordean se mitificaron deslices obscenos de solteronas y pastores que, según cuentan, poseían a las cabras en celo las noches de luna llena. La influencia de la luna en la vida de aquel valle era un enigma que Severo estaba a punto de descubrir, la relación entre el mejunje de nuez y las tormentas de granizo, la existencia del hombre cabra que según la leyenda se aparecía en las noches de luna llena y tormenta en el cerro de las antenas. El agua corría fresca y clara, se precipitaba por el tubo de la luz vieja cubierto de hojas de nogal en otoño e invierno, las hojas impedían el paso fluido del agua. Al anochecer se acercaba Olivares, quitaba las hojas con un rastrillo y la luz subía. En las pocas casas del pueblo donde había televisor con pantalla abombada, en blanco y negro, cubierto con un tapete de ganchillo hecho con mucho capricho por la abuela en los atardeceres del verano, subia la luz y los plomos temblaban. Cuando la luz vieja subía era arriesgado, el padre era el único autorizado para la manipulación de los aparatos eléctricos, corria a darle al elevador para regular la gran potencia que entonces traía la electricidad. El cabeza de familia murmuraba entonces entre dientes - Está subiendo la luz, Olivetti le está dando al rastrillo - A Miguel Olivares los vecinos le llamaban burlones Olivetti por su presumido acento inglés y porque era de los pocos en el pueblo que sabían escribir a máquina. La luz vieja subia y bajaba al ritmo del rastrillo de Olivares. Además de controlar algo tan importante como la subida y bajada de la electricidad, Olivares acudía por la noche a casa de Severo a copiar con su maquina las divagaciones que éste le dictaba, por lo que estaba al corriente de sus descubrimientos sobre los efectos de la luna en el cultivo de las patatas y del extraño mejunje de hojas de nuez que devolvía la felicidad. Las acacias estaban secas, los pájaros se acurrucaban revoloteando en sus ramas, el sol brillaba dejando destellos trasparentes en la nieve, todo en el campo dormía aletargado en aquel interminable invierno. El pueblo olía a cebolla cocida y matanza, las mujeres arremangadas lavaban las tripas en El Cas, el erotismo brotaba humeante de sus pechos mojados, el corazón bajo cero, al amanecer de una mañana de invierno entre la nieve y la escarcha. El cabo de la guardia civil era un militar a la antigua usanza, sólo se permitia un exceso estético, una bufanda, que con el traje de faena le daba un aire como de pintor bohemio. Era defensor de la legalidad, por encima de otras consideraciones de tipo político, como solía matizar con un gracioso gracejo andaluz. Algo que era de agradecer en los tiempos que se avecinaban tan proclives a la anarquía espiritual. Algo que venía repitiendo con insistencia el cura Peris en las proclamas evangélicas de la misa de los domingos, siempre echaba la bronca a los pocos fieles que acudían. La luz vieja tenía los días contados, se rumoreaba que pronto lIegaria la nueva, su destino estaba unido al viejo cuartel donde Fernando Severo experimentaba con el aceite de las cáscaras verdes de la nuez. Era un servidor de la patria - Como buen castrense - decía - siempre de uniforme -. En los años que llevaba de servicio en el pueblo siempre llevó su traje verde, nadie en el pueblo le habia visto vestido de paisano. Cuando llegó estaba soltero, era un mozo ambicioso, pensaba que su uniforme, su pistola, la autoridad moral de su rango, serian un impedimento para la buena relación con las gentes nobles del lugar. Después de una década estaba casado con Hortensia, tenía dos hijos y el cariño de la mayoría de los vecinos del valle, que se encariñaban con todo el que llegaba de fuera, menos afecto le demostraban a veces al vecino de toda la vída, aunque cuando había que echar una mano la nobleza serrana siempre estaba ahí. Conocido como Severino el herbolario, hijo de un jornalero del campo y amante de las letras. A los diez años emigró por primera vez al sur de Francia a la vendimia junto a su familia para poder subsistir durante los largos inviernos en los que el trabajo en la comarca escasea. Cuando era todavía un crío cogía truchas con las manos para su madre a la que el médico había recomendado comer pescado, allí lo único que había eran las truchas del rio. Hacía mucho tiempo que nada se sabía del tío del pescado, no venía ya el del "chamby" y la tía Esternina, que vendia mixtos de trueno, comentaba sobre la situacion economica, "no se gana pero se trapichea". Cuando ya cumplidos los veinte, Severo le comenta a su padre que quiere ser antropólogo, éste indignado a punto estuvo de echarlo de casa. Cuando más tarde descubrió la rara afición del muchacho avergonzado por su ignorancia estuvo varios días llorando. En el pueblo tenia la oportunidad de dar rienda suelta a su afición, en sus ratos libres se dedicaba a buscar setas y estudiar los comportamientos y costumbres de sus vecinos. Le interesaba la forma de vida de las gentes del lugar a las que observaba con cierta expectación, su trabajo en el cuartel le ayudó bastante. Compró libros de sicología que leia a su mujer, Hortensia era morena, robusta, entrada en carnes, nunca salió del pueblo, admiraba la paciencia con la que su marido pasaba horas y horas ojeando libros que explicaban los hábitos de la gente, algo que ella nunca llego a entender. Le gustaba escucharlo en las largas y frías noches de invierno cuando los niños dormían, al calor del fuego le contaba con ilusión, en voz alta, historias y teorías sobre la vida y los extraños entresijos del alma, mientras las otras mujeres de la casa cuartel hacían adornos de ganchillo para tapar los botijos. Fue él quien desactivó la famosa bomba del depósito del agua sin necesidad de que llegasen refuerzos de la capital, fue quien descubrió al fantasma que envuelto en una sabana robaba la ropa interior de los patios y tenía atemorizadas a las mujeres del pueblo. Durante el periodo de la instrucción Severo se encontraba en la escuela de boínas azules, cerca de donde después lo destinarian de por vida, no pasó por el norte como temían en su família. Su padre murió orgulloso de su hijo al que no pudo dar carrera pero si verlo desfilando con galones de cabo de la benemérita durante la procesión de semana santa marcando el paso tras las pesadas imágenes de los santos, al menos no tendria que emigrar como él, toda la vida de jornalero a vendimias y aceitunas. A los pocos meses de estar destinado en el pueblo ya se comentaban los buenos modales del nuevo "lagarto", nombre con el que llamaban irónicamente los vecinos a la guardia civil, por el color del uniforme verde lagarto y por que los podías encontrar de improvisto tras cualquier loma, como los lagartos en las tardes de verano. El veterinario Ángel Cerdán come lagartos, los prepara a la parrilla, hace gala de su hospitalidad culinaria agasajando a sus amigos de vez en cuando con una parrillada de lagarto, era la única carne que se permitia este curioso vegetariano. Tiene tres vicios conocidos, el café tocado de aguardiente, el mencionado reptil a la brasa y unas matas de tabaco verde que siembra en su huerto. Las atenciones del cabo era algo a lo que no estaban acostumbrados en el pueblo, les parecían excesivas. Las jóvenes en edad casadera decían que el tricornio le daba un aire entre actor de cine y torero. A su llegada se rumorea durante un tiempo un romance con Lina hija de un brigada de la legión. El día que Severo ayudo al viejo párroco Francisco Peris a arreglar la campana de la iglesia éste le aconsejó que no hablara con Lina pues los comentarios en el pueblo eran difíciles de digerir. Unos dias después Lina se marchó apresuradamente a Mallorca con Modesto Martínez y Grande Ruiz que cruzaron el charco en busca de fortuna. La tertulia del Café Rueda era conocida como La oficina, la componían; El señor Miguel Ángel Fraile delegado provincial del movimiento, Javier Canut el peluquero con mano de santo para las permanentes, Olivares el que sube y baja la luz, Cerdán el veterinario vegetariano y Vicente Baranda el médico teniente. Cuando se incorporó Severo dotó a la charla de sus conocimientos sobre la luna y sabía de memoria el número de habitantes de todas las capitales de provincia de España. El delegado no ocupaba ningún cargo en el pueblo pero era el que dictaba en la sombra las medidas que se debían adoptar en las situaciones embarazosas, cuando los objetivos temblaban. - El cabo - decía el delegado para mantener las distancias - carece de liderazgo, mira a la gente con una curiosidad melancólica y pasa horas escuchando las historias que le cuentan los mayores, cuando patrulla por las aldeas puede quedarse horas ensimismado escuchando letanías-. A su subordinado, el numero impar JoseTamarit, natural de Mislata, joven corpulento, colorado y catador de vinos, sólo se le conocía una copla que utilizaba como refranero; -A mí me gustan las mozas que tengan buenos colores y que lleven la merienda al revés de los pastores-. Lo decía con una sonrisa pícara que delataba su lígera embriaguez. Disfrutaba cada vez que salía de patrulla con el cabo, él aficionado a las mujeres, el cabo a los refranes. Su superior tenía muchos pájaros en la cabeza, a veces le decía Hay que escuchar a la gente, todo el mundo tiene algo que contar, toda vida es interesante si se sabe escuchar, ¿tú no me escuchas verdad? Tamarit afirmaba meneando pensativo la cabeza - Usted mi Cabo sabe mucho, tenía que haber sido abogado- En las madrugadas de peluda invernal, envueltos en sus capas bajo el tricornio, aparecían por los caminos como dos figuras fantasmales entre la niebla, primero sobre los caballos hasta que todos murieron, después les trajeron unas motos de segunda mano que el ministerio de defensa compró a los americanos, duraron poco, ahora patrullan en dos mulas, pasan los días de un sitio para otro recorriendo la sierra. Los vecinos son hospitalarios, el cabo y su ayudante paran en los cortijos donde toman almuerzo y una copa para calentar el cuerpo. Es a la vuelta de la patrulla en los atardeceres ínvermales, cuando el crepúsculo acecha en el horizonte, cuando Severo emprendía sus discursos filosóficos: - Anoche soñé que era una maríposa, pero quien me dice a mí, que no soy una mariposa que está soñando con ser hombre- Tamarit miraba a su superior desconcertado asintiendo pausadamente con la cabeza. Con la llegada de la nieve se acentuaba su melancolía y recordaba cuando era niño y ponía cepos en la nieve para cazar gorriones, miraba por la ventana el revolotear de los pájaros mienúas su madre le daba a probar los torrados de las migas. Imaginaba esos lugares de los que hablaba su superior con gran entusiasmo, aquellas mujeres inesistibles que salían de su boca. Le abrumaban los atardeceres ocres perfumados de nostalgia, le producían un misterioso sudor frío. Una tarde que pararon bajo un nogal a la orilla del río para liar un cigarro, sentados a la orilla del camino, Tamarit preguntó: - ¿Perdone la insolencia, mi cabo, pero no podían asignar al puesto un "cuatroele"? -. - Mira Tamarindo - Cuando le sacaba de sus casillas le llamaba así - aquí entre tú y yo, tenemos controlado el término municipal, no necesitamos vehículo, así que levanta y anda que nos vamos, además con el ruido del motor no escucharias mis divagaciones y podria pasarte como al medico Vicente Baranda que se quedó sordo de abusar de las comodidades del motor-. El matasanos, asiduo a La Oficina, solía hacerse el sordo, eso decían los que le conocían, cuando no le interesaba la conversación se hacía descaradamente el sordo y lo achacaba al accidente. Tenía un buche considerable, gesticulaba al hablar y usaba gafas empañadas que le dificultaban la visión. Dicen que quedó casi sordo en un accidente con el coche, algo extraño para los vecinos, ya que según argumentaban, tenia el carnet de primera. La noche que se fue la luz vieja para siempre jugaban al dominó en el Café Rueda abrigados para la ocasión; Fraile el delegado con su impecable traje oscuro, el medico Baranda con su clara gabardina de inspector, Cerdán el veterinario vegetariano con la pelliza que heredó de su padre y Canut el peluquero de señoras, que tenía mano de santo para las permanentes, con una elegante chaqueta de ante. En la casa cuartel de la benemérita, grandiosa en otros tiempos, las ruinas delataban que el edificio no duraría mucho. Compartían patio con Severo, su ayudante el numero impar Tamarit, Cristobal Ibarlosa un navarro popular en el pueblo por correr de forma arriesgada los encierros y Joaquín Calderón, conocido como "el ultimo mohicano", al que llamaban cariñosamente Ximo. Los cables de la luz vieja se desparramaban por las paredes desconchadas del viejo edificio que había unido su destino a las últimas pesquisas sobre aquella vieja iluminada a la que unos poetas defendían en sus odas subversivas. Llegaron al molino de la luz vieja una noche de invierno cubiertos en sus capas, la nieve lo cubría todo, sólo el rio seguia su curso ajeno a la ventisca, las ramas de los grandes olmos que rodeaban el molino estaban dobladas por el peso de la nieve. Bajaron por el callejón del río, pasaron bajo el puente donde observaron una luz difuminada que salía de una de las ventanas del molino. Aquella noche no estaba el horno para divagaciones filosóficas. Recordaba a veces en los momentos de tensión sus recuerdos de juventud, en su pueblo siempre fue Severino el Herbolario, los envidiosos le habían sacado unos versos relacionados con su fama de ahorrador: Siempre paga con talonario / Severo el herbolario... Le retumbaban en la cabeza, como un eco permanente, las últimas palabras del delegado provicial, Fraile , le había dicho; - Hay que cumplir el objetivo, encuentra el folletín. La noche que la pareja de la guardia civil entro en el molino para proceder al registro fue la última vez que Severo vistió su uniforme. Desapareció para siempre esa luciernaga gualda parpadeante que adornaba las calles durante las nevadas noches del invierno. Se fueron los destellos de un paraiso amarillo que cubrió bajo su resplandor los gelidos sueños del siglo veinte. Subieron lentamente a la habitación, abrieron el cofre, Severo suspiró de emoción, dentro estaba el folletín. 
 Pedro Serrano Gómez (2003)

jueves, 16 de octubre de 2008

leyendas cantadas, contadas, encantadas...


Cuenta la leyenda, no la historia, que en el pequeño reino de Taybalilla -
donde ya no hay rey, ni reino, ni reina, sólo las murallas de una antigua fortaleza casi derruida -, vive entre las tinieblas del castillo una princesa...encantada.
Aquel pequeño reino fue una llamarada de emoción que alumbró los años más prósperos del valle de Taybalilla en tiempos no muy remotos. Dicen que allí reposan los encantos de una dama, princesa mediática ya en su época, hija de molinero y molinera ella, mujer de anchas caderas por la que suspiraban hasta los monjes en sus oraciones solitarias mientras laboraban en los huertos de la ladera del castillo.

El conde de Taybalilla ejercía sus dominios a lo largo del valle, conocido hoy como la ribera del Taybilla. Era un viejo astuto, noble y culto que tenía tras de sí una leyenda de gran seductor y varios hijos desconocidos, en el ocaso de su vida quiso casarse con la hija del molinero y ofreció a su padre como gratitud por los amores de la moza las tierras que tenía en las faldas del castillo, unos huertos solaneros de lo mejor del condado, donde criaba en barricas bordolesas nuevas de roble americano de Ohio y francés de Aspiran, un caldo exquisito, aromático y estructurado, los años que no amargaba.
A la mujer del molinero, Fermina, le renqueaba una pierna, la llevaba arrastrando, a veces parecía que era la mala pata quien tiraba de ella. Cuidaba con su marido unas buenas fanegas de tierra que labraban con entusiasmo, mataban media docena de cerdos cuando llegaba el invierno y la luna menguaba, tenían tres vacas y un gañán moro al que llamaban Taybali que llegó siendo un niño acompañando a un ciego y se quedó en el molino trabajando como uno más de la familia, el muchacho tenía unos ojos verdes relucientes que se iluminaban cuando se cruzaban con Celina la hija de su amo el injusto molinero.

La desdichada molinera pasaba las noches en llanto desde que su padre la mal vendió al conde, un viejo adinerado y bondadoso, de buen talante y gentil , biznieto de Al Taybaulí de Taybalilla. Ella siempre estuvo enamorada de Taybali con quien compartió sus lozanos secretos de juventud.

El molinero era el último bastión de los cipreses, conocidos en el valle por tener la nariz aguileña y la esbeltez de los árboles de los campos santos, habían conseguido mantener su nobleza varias generaciones desde que fueron una de las familias indultadas en tiempos de conflictos fronterizos en el reino, en cambio Taybali nunca llegó a saber que era descendiente directo del califa Al Taybaulí de Taybalilla, que vivió en la fortaleza hasta que los guerreros de la orden de Santiago de la Espada enfervorizados por los campesinos le cortaran la cabeza una tarde de abril en la placeta del mercado para las fiestas del concejo de la villa.
La princesa encantada cantaba mientras molía, antes del encantamiento, molía maíz, que es lo mismo que moler panizo y echaba seguidillas corridas “Como quieres que te quiera si no te puedo querer...”.
Dos siglos después acudía al mismo molino, de vez en cuando, Laureano el trovador, de profesión romancero y chalán, que agasajaba a la joven y eterna Celina recitándole coplas de amor acompañadas del dulce trinar de su viejo laúd. Recorriendo las aldeas en un permanente aguinaldo no necesitaba posada y siempre tenía unas monedas en su bolsillo gracias al zurracapote que trasportaba para vender en pequeñas garrafas forradas de esparto a lomos de su mula. Entonaba hierbas buenas y pardicas que las mozas picaronas le canturreaban al oído en los bailes y esparfollos, Laureano cantaba mientras la garrafilla llena de vino dulzón se paseaba de boca en boca.

Cada vez que llegaba al cortijo de La Tercia y subía la cuesta del castillo sentía un escalofrío al pasar delante de la espada que era objeto de veneración de muchos peregrinos que acudían en fechas señaladas a postrarse ante ella, según cuenta Laureano en uno de sus romances; con ese misterioso sable Fray Zurracapote le cortó la cabeza a Al Taibaulí y conquistó la tierra que hoy llaman la Hoya el Saz, un paraje agradecido famoso por sus viñas y el vino dulzón que de ellas se extrae, esas tierras fueron cedidas a Justo el molinero a cambio de su hija Celina lo cual llevó la desgracia al valle y conquistó para su familia años de desdichas, leyendas y encantamientos. Doscientos años antes de que Laureano llegara con su mula de la Puebla de Don Fadrique para repartir el zurracapote que elaboraban los monjes de la orden de Santiago de la Espada con la que decapitaron al último califa, su prometida la princesa de Taybalilla se escondió en un molino. Hace muchos años que duerme su sombra en la torre del castillo, donde un gitano con sombrero y pluma subía cuando la enajenación poética le llegaba.


Una mañana de primavera el morenito de los ojos verdes estaba tumbado junto al río, distraído pelando una vara verde de avellano mientras las tres vacas que quedaban en la hacienda de su amo se revolcaban entre los juncos... por la orilla del río entre las acacias se acercaba un hombre montado a caballo que por sus aperos y apariencia debía de ser noble, llego hasta donde estaba Taybalí, bajó del caballo y le preguntó por el camino que llevaba al molino, era un anciano, subió al caballo y dio las gracias al muchacho dispuesto a seguir sus indicaciones, fue entonces en ese pequeño instante cuando sus miradas se encontraron y un brillo se reflejo en el rostro del conde, el gañan tenia sus ojos verdes, la misma tristeza en la mirada.

El conde de Taybalilla buscaba a la muchacha de pelo rubio que brillaba como los reflejos del sol en las aguas que movían las ruedas del molino. Taybalí fue tras el conde escondiéndose entre las sombras de los árboles y le esperó agazapado bajo las ramas del nogal que hay en el barranco de la Simona junto al camino debajo del “mercior” donde tantas tardes de verano pasó columpiando a Celina. Sabía lo que buscaba aquel viejo que ataba su caballo en la higuera borde de la puerta del molino.

Cuando el conde y Celina salieron del molino, la muchacha lloraba desesperada. Cuentan que fueron esas lágrimas las que trasformaron a Taybalí que como un poseído corrió hacia ellos y allí mismo, debajo de la higuera... solo dios sabe lo que paso.

En la puerta del molino se formó una polvareda que acabó en reyerta, Taybalí mató al conde sin piedad de un par de navajazos en el pecho y escapó corriendo, mientras huía el molinero echó mano de su onda y lanzó una pedrada que alcanzó al muchacho en la cabeza, Celina gemía desesperada abrazada al joven gañán cuyo cuerpo yacía sin vida en el suelo, dos días después Celina desapareció misteriosamente.

Dicen que quedó encantada para siempre, al moro lo enterraron en el foso del castillo, es el custodio que vive allí, donde según la leyenda hay otros dos mozos que llegaron después en otros deslices de faldas que ocurrieron unos siglos más adelante, a uno nadie le conoce, el otro es Laureano, recovero y trovador que había encontrado en el túnel del castillo un pasadizo donde se escondía el famoso copón dorado al que los vecinos de la ribera del Taybilla atribuían poderes sobrehumanos, hay quien afirmaba que se trataba del famoso cáliz por el que suspiraba la cristiandad. Uno de los beneficios del copón bendito era que podía conseguir los amores de la princesa encantada, cuando fuera desencantada; para conseguirlo tenían que esperar a la noche de San Juan y que coincidiera con la luna llena, por lo que tuvo que esperar muchos años.
Cuando había perdido toda esperanza, el almanaque zaragozano amarillento que tenía su abuela en el poyo de la chimenea le aclaró las dudas: noche de San Juan, luna llena, al fin llegó el día tan señalado por el destino. Subió por la cuesta del castillo buscando la media noche, pasó delante de la espada sin mirarla, entró bajo las piedras milenarias que tantos secretos guardan y espero impaciente. El sol se fue alejando, despacio, distraído, el crepúsculo dibujaba fantasías detrás de la torre, la luna se asomaba despacio tras las almenas, se escuchaba el canto monótono de los grillos zapateros, los aullidos lejanos de los lobos en las cumbres, tembló de emoción, pasaron unos instantes que le debieron de parecer dos siglos, nada se movía, comenzó a escuchar una leve sinfonía... el chirrido expectante de los murciélagos, el canto ausente del búho.

Le vino a la memoria entonces en esos momentos de incertidumbre la historia de la encantada y el custodio parricida que tantas veces había cantado él por las aldeas, recordó una de las madrugadas que llegó a los caseríos de La Tercia y descubrió aquella misma silueta misteriosa tras la ventana de la posada, una mujer se dibujaba en las sombras, una figura esbelta, enigmática, furtiva, solitaria...

Cuando las estrellas dejaban el manto blanco y grisáceo de la escarcha en la madrugada de invierno sobre los campos del valle de Taybilla se escondió la enigmática y fugaz sombra de su amada secreta entre los últimos luceros. La luna se fue asomando discretamente por las almenas del castillo, hacía una noche clara, estaba más raso que un jaspe, cuando la luna marcó con sus sombras la medianoche en las piedras de la torre, sucedió lo que no tenía más remedio que pasar, comenzó a escuchar una voz que salía de las rocas, una hermosa sinfonía que le devolvió a la realidad, era Celina que cantaba con su delicada voz el romance del conde de Taybalilla ... Desde los huertos del Cortijo Isidoro hasta los leones de El Macalón se escucharon aquellos versos y allí quedó para siempre encantado Laureano el trovador.

Si la luna llena brilla sobre las montañas y es más noche que un ramal, en los viejos troncos de los nogales relucen collares de avena que brillarán después al amanecer, entonces los gusanos de la tierra le dejan a uno cantar y para siempre encantado quedará...

La hija del molinero reza hoy de “carne cortá” y viste de negro, vive desde hace más de dos siglos en un molino donde ya no se muele. Un misterio recorrió durante décadas el valle, unos creen que fue el enigmático hombre cabra que los primeros hombres que habitaron aquellas tierras pintaron con su sangre en las cuevas, otros lo achacan al cáliz que descubrieron los monjes junto a los leones de piedra blasfemando contra él “ El copetín de una calera”. Hay quien sostiene que fue la espada dorada de la cuesta del castillo donde se posaban los búhos en cuarto creciente a recitar versos de amor, y por último hay quien piensa que solamen
te la luna, luna lunera, esa dama mística y traicionera de la noche, conoce el secreto.

El valle encantado
El valle tenía su encanto, de eso no había duda, un lugar mágico en ritos y tradiciones, creencias ancestrales, astros que vuelan, espíritus paganos, brujerías y hechiceros. El valle también estaba encantado.
Campos de trigo, alfalfa y maíz rodeaban los huertos de cerezos y manzanos que brotaban exuberantes en primavera dándole al valle un colorido místico y mágico que enardecía los espíritus sensibles y poéticos como el de Laureano que recorría los caminos montado en su mula canturreando versos de amor.
Romances y coplas dejaron constancia de su belleza, cantares y refranes, leyendas y músicas, así lo transmitieron, Laureano fue trovador en Taybilla donde los monjes trasegaban con la luna menguante y pasaban el vino de las tinajas a bombonas de media arroba que el juglar repartía por las aldeas adornándolo con romances y leyendas. La poda de los árboles que poblaban el valle, nogales, cerezos y manzanos, se hacía también en cuarto menguante, los pastores y campesinos se guiaban por la luna, menguantear tenía su misterio, las patatas no echaban tallos y los cerdos olían mejor.

Allí había quien nacía con un don o quien lo hacía con una falta, de todo había. Los que nacían con gracia rezaban de carne corta, los que nacían con una falta echaban mal de ojo sin poderlo remediar.
De las ramas de los nogales colgaban “merciores”, donde los mozos intimaban columpiándose, a los que durante el juego se les metía el sol en la cabeza les cantaban, -el sol calienta los huesos, el sol nos calienta el alma, el sol calienta y da vida y se va por las “quebrás”...-.

Para la “carne cortá” Laureano que además de cantar también tenía el don, recitaba “cruz de romero, plato de barro, sartén de hierro... salga lo malo y entre lo bueno”. Le rezó una tarde entre los costales a la hija de un molinero después de haberse comido una olla de alubias morunas. La misma molinera que doscientos años antes era columpiada por Taybalí subió a lomos de la mula del trovador. Laureano bebía, rezaba, cantaba, tocaba el laúd y recitaba romances de mujeres que viven en las montañas, en las fuentes, mujeres encantadas a las que conoció en su encantamiento.

En la cueva del agua, donde nace la fuente del Taybilla las encantadas salen en la mañana de San Juan a encender fuego, quien pase por allí y les hable quedará
encantado en aquel paraje y la encantada escapará. Cuevas misteriosas y molinos donde a la puerta crecen higueras bordes, donde no es recomendable tomar la sombra como la que hay junto a la esfinge en las piedras del castillo del Taybilla, donde un custodio enciende fuego y no hay oración que sirva contra ellos. En uno de sus romances cuenta Laureano que existe un rey moro en la torre de Vizcable y que ésta se comunica a través de unas galerías con un cerro situado en el arroyo de Taybilla, en un recodo del río existe una espada de piedra que abandonaron los musulmanes cuando se marcharon, la espada de fray Zurracapote, debajo está la esfinge de un custodio que se enamoró de una princesa que antes, - o después, no se sabe con certeza - fue molinera.

Encaramado en un cerro entre nogales, pinos, encinas, sauces y parrales, Taybilla era un bullir de gente los días de fiesta, la plaza olía a lana, carrasqueño y al recio aroma del humo del tabaco verde que fumaban los pastores en anchos cigarros, semiapagados, pegados a los labios, surcándoles el rostro rojizo, curtido por el viento abrasivo de la sierra, los pastores con los que trataba Laureano en su tránsito por las aldeas de la villa.

Por allí pasaban pineros, carboneros, recoveros, chalanes, segadores, herreros, esquiladores, todos escuchaban con atención los romances que cantaba Laureano en la placeta de La Tercia, las mozas le hacían corro atentas y embelesadas por sus romances de penas y amoríos. En aquellos tiempos en que muy poca gente sabía leer, los versos de los trovadores era la mejor manera de enterarse de lo que sucedía más allá de las murallas de la villa. Tenían fama de embusteros los chalanes sumilleres, éste que aquí nos ocupa anduvo repartiendo zurracapote por el valle, alegrando con su laúd y sus versos a las buenas gentes de las aldeas, llevando razones de un sitio a otro, en los lomos de su mula durmieron algunas mujeres, una fue molinera y princesa, dicen que aun hoy sigue encantada, Laureano que la amo durante su encanto así lo contaba y cantaba.

Pedro Serrano Gomez (2004)


Romance de la encanta DA

En las tierras de Taybalilla
junto a las verdes acacias
entre harinas y costales
habitó una hermosa dama

Escuchen con atención
esto que les van a contar
los versos de Laureano
chalan sumiller y juglar

En el concejo de Taybalilla
un hecho extraño ocurrió
era noche de luna llena
cuando la princesa salió

Con un don entre las piernas
que a un hermano entregó
en sus tristes ojos verdes
encontró la perdición

En la torre de Taybalilla
se esconde una oración
las penas de un hijo
que a su padre no conoció

Brotaba en su pecho herido
el llanto hecho emoción
cantaron los trovadores
oscuros versos de dolor

Condenada por su padre
a un conde la entregó
por tierras y riquezas
que fueron su maldición

En la cuesta del castillo
una espada brilla al sol
debajo de una atalaya
un fraile la escondió

Vive entre las almenas
suspirando de emoción
un búho le recita versos
afiladas rimas de amor

soñaba triste un gañan
aquella tarde enlutada
En la puerta del molino
llena la luna acechaba

Bajo la higuera bordecía
su pelo Celina peinaba
por las juncadas del río
un caballo se acercaba

El agua lavó la sangre
que los luceros lloraban
la tarde que en el molino
repicaron las campanas

duerme su bella figura
por un moro custodiada
los amores son eternos
cuando la luna acompaña

Esto sucedió en Taybalilla
la leyenda no lo aclara
si fue princesa o molinera
o está en la torre encantada

Pedro Serrano Gómez (2004)